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01/11/2025 12:00 AM

Centros de datos en Teruel

Bienvenido a la 48ª newsletter del Pandemonium.

A las 7:12 de la mañana de este miércoles, hora española, Elon Musk escribió en X: «Los centros de datos en el espacio empiezan a parecer bastante apetecibles ahora mismo».

Se entiende el cabreo. Musk ha metido 474 millones de dólares en la campaña republicana de las midterms, las elecciones de mitad de mandato en las que los estadounidenses renuevan su Congreso dos años después de elegir presidente.

Y las han ganado los demócratas.

Mejor dicho: las ha ganado el ala woke del Partido Demócrata. La más radical, la más socialista y la más decrecentista. La de Zohran Mamdani, Abdul El-Sayed y Alexandria Ocasio-Cortez.

La de «destruyamos los Estados Unidos para salvar los Estados Unidos».

Y las han ganado, en parte, contra los centros de datos.


Un centro de datos es una nave industrial llena de ordenadores. Es donde viven nuestros correos, nuestras fotos y la inteligencia artificial. Sobre todo, la inteligencia artificial. Y comen electricidad como Galactus.

En Texas, la demócrata Gina Hinojosa ha derrotado al gobernador Greg Abbott prometiendo una «moratoria inmediata». Es decir, una prohibición temporal de construir centros nuevos.

Más de la mitad de los votantes dijo en las encuestas a pie de urna que la IA y los centros de datos habían sido un factor «crucial o importante» en su voto.

De ahí la broma de Musk. Si en la Tierra no te dejan, nos vamos al espacio. SpaceX ya ha presentado satélites pensados para hacer de centros de datos en órbita. «El espacio es realmente inmenso», dice.

Lo es. Pero hay una localización más barata que el espacio.


Pero ¿por qué la izquierda no quiere centros de datos? Quiero decir, que tendremos que conocer sus motivos. La izquierda suele creer estupideces, como que las antenas de telefonía provocan cáncer o que el socialismo funciona.

Hay tres hipótesis. Ecología, ideología y superstición.


La ecología primero, porque es la seria.

Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron 415 teravatios hora en 2024, alrededor del 1,5% de la electricidad del planeta. En 2030 serán 945. Lo que consume Japón entero.

También beben. Los once primeros proyectos actualmente en marcha en Aragón podrían gastar hasta catorce hectómetros cúbicos de agua al año, más del 10% del consumo de la comunidad, según las cifras de los propios promotores.

Lo que ocurre (y esto es lo importante) es que España tira la luz. Los vertidos, que es como se llama a la energía renovable que se produce, pero que se desperdicia porque la red no puede transportarla, superaron los seis teravatios hora a mediados de octubre. El doble que en 2025. El consumo de casi dos millones de hogares.

¿Y dónde se tira más? En Extremadura y Aragón.

Precisamente donde quieren instalarse los centros de datos.

Supongo que empieza a intuirse por dónde voy.


En segundo lugar, la ideología.

El 5 de octubre, al convocar elecciones, Pedro Sánchez presumió de su oposición «a los tiranos, a los tecnoligarcas y también a los especuladores».

Bernie Sanders, que en marzo presentó en el Senado una ley para prohibir los centros de IA de más de veinte megavatios, lo dice con otras palabras: no se puede dejar que «un puñado de oligarcas multimillonarios de las grandes tecnológicas» decida el futuro de la humanidad.

Para esta izquierda, un servidor no es una máquina. Es Musk con forma de nave industrial. Y ya se sabe que a la izquierda el progreso le da urticaria (a no ser que cobre mordidas).

Y de ahí sale el decreto de Sánchez. El Gobierno exige que el 80% de lo que consuma un centro de datos venga de renovables nuevas, y que lo haga hora a hora. También de noche.

Es lo que los técnicos llaman correlación horaria. Y es un problema, porque en agosto el megavatio hora costó 26,37 euros en las horas de sol y 164,19 fuera de ellas.

Y un centro de datos funciona las veinticuatro horas.

La CNMC, que es el árbitro de los mercados, ha calificado el borrador de «demasiado estricto y poco viable», que es su manera de decir que es una chaladura cuyo único objetivo es reventar un nuevo nicho de mercado (y de riqueza) en España.

El sector ha sido más gráfico: «Se nos hace elegir entre el tipo de soga con la que queremos ahorcarnos».


En tercer lugar, la superstición. El argumento de los majaras y de los que acamparon en Sol.

La plataforma Tu Nube Seca Mi Río pide una moratoria europea y ha convocado días de acción el 6 y el 7 de noviembre.

Una de sus portavoces ha dicho que «nos roban el presente con una promesa de futuro asociada a la ciencia ficción».

En otra ocasión propuso apagar «las máquinas» por la noche. 

Atentos a la idea: apagar internet por la noche. Como la tele de los años setenta. Te intentas conectar a Google, o a Chat GPT, o a EL ESPAÑOL, y te aparece una carta de ajuste con los colores de la bandera trans.

La nube, por cierto, no es una nube real. Es una nave en un polígono. Pero tampoco vamos a pedirle peras al melonar que es la cabeza de esta gente.

¿Ecología, ideología o superstición? Las tres. Pero en orden inverso de importancia.


Vamos a Teruel.

Teruel es la provincia que tuvo que fundar un partido, Teruel Existe, para que en Madrid nos acordáramos de ella.

En 2020 cerró la central térmica de carbón de Andorra, que daba trabajo a la comarca desde finales de los setenta.

Quedó un enchufe gigante a la red, el llamado nudo Mudéjar, y muchas promesas de «transición justa», que vete a saber qué significa. 

Ahora Amazon ha recibido luz verde para levantar en La Puebla de Híjar el primer centro de datos de la provincia. Trescientas veintiocho hectáreas.

El presidente aragonés, Jorge Azcón, dice que es la inversión «más grande que se ha hecho nunca» en Teruel.

Ni siquiera Teruel Existe, un partido con mentalidad del siglo XIX, dice que no. Su portavoz, Tomás Guitarte, dice que los centros de datos «pueden ser una oportunidad o un problema» y pide compromisos con el territorio.

Es decir, algo más o menos razonable.

Un solo dato. Red Eléctrica ha concedido 6.329 megavatios de acceso a la red a centros de datos. ¿Cuántos funcionan ya? Ninguno. Según la CNMC, se han denegado solicitudes por más de treinta y dos gigavatios.


Y aquí entra Feijóo.

El PP ha prometido derogar el cierre de las siete nucleares previsto para 2035. «Si desconectamos la nuclear, habrá más apagones», dijo Feijóo en Ascó.

Alberto Nadal, del PP, probable futuro ministro de Economía, dice que el decreto del Gobierno «hace imposible» los centros de datos en España.

Bien. Pero no basta con derogar.

El Contrato con España de Feijóo, doce compromisos firmados, no dice una sola palabra sobre inteligencia artificial. No es un buen síntoma. 

Feijóo puede reescribir el decreto y medir las renovables por año, como hace Irlanda, y no por horas.

Puede invertir en red, porque hoy la inversión en redes tiene un tope fijado por norma.

Puede crear zonas de permisos rápidos en Aragón, Teruel y Extremadura, donde sobra la energía.

Puede atraer cables submarinos como el MAREA, que ya une Bilbao con Virginia.

Y puede llenar la FP de electricistas, porque Mark Zuckerberg confesó en septiembre que Meta no encuentra los operarios cualificados que necesita.

Nada de eso exige pedir permiso a la gerontocracia de Bruselas, tan radical, tan socialista y tan decrecentista como la de Estados Unidos.

Y digo gerontocracia no tanto por la edad de sus funcionarios, que también, sino por su velocidad adaptándose al siglo XXI.


En 2024, Mario Draghi avisó de que las empresas europeas pagaban la electricidad dos o tres veces más cara que las estadounidenses.

En mayo de 2026, la UE aplazó a finales de 2027 y 2028 las obligaciones más duras de su ley de inteligencia artificial.

Y ahora propone triplicar la capacidad europea de centros de datos en cinco a siete años.

Es decir, Bruselas ha tardado dos años en descubrir que se pasó de frenada con eso de volver al siglo X.

Musk lo resumió en septiembre: lo nuevo debería ser «legal por defecto». En la UE, en cambio, las cosas son «generalmente ilegales por defecto».


Y luego están los vecinos.

La economía francesa cayó un 0,1% en el tercer trimestre, tiene un presupuesto sin mayoría y una presidencial en abril en la que Marine Le Pen tiene entre el 35 y el 37% de intención de voto.

Sólo un 25% de los franceses confía en Macron.

Alemania apagó sus tres últimos reactores en 2023. Su canciller, Friedrich Merz, lo llama ahora «un grave error estratégico». Sólo el 11% de los alemanes está satisfecho con él.

La AfD lidera algunas encuestas con un 28% y ya preside su primer parlamento regional.

París y Berlín van a estar ocupados.


Así que un inversor con miles de millones en el bolsillo no busca romanticismo. Quiere energía, suelo, permisos y un Gobierno que no le llame tecnoligarca en la rueda de prensa del martes.

Si Estados Unidos le cierra la puerta a los centros de datos, España debería abrirle la ventana.

Y Feijóo, sujetarla con las dos manos.

Así que sí. Elon, vente a Teruel.

Allí donde hubo una central de carbón hay enchufe y hay espacio.

En España sobran sol, viento y suelo. Lo que falta es un Gobierno que no tenga una mentalidad prehistórica.


Faltan veinticuatro días y España puede ser grande de nuevo.

Es cierto: ahora no quedan ya continentes que descubrir, conquistar y civilizar. 

Tampoco parece que España sea un país con la cultura necesaria para generar sus propios Elon Musk. 

Pero sí podemos lograr que las empresas tecnológicas del futuro dependan de nosotros para sus centros de datos.

Yo creo que es un buen plan. Falta que los españoles perdamos el miedo a prosperar y dejemos de importar camareros, asistentes domésticos y rentistas del ingreso mínimo vital para empezar a importar yottabytes.

Cristian Campos
X : @crpandemonium
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